El ethos barroco nos persigue y nos constituye: negamos la bandera, el himno, el genocidio que fundó al Estado mexicano para luego afirmar sus códigos culturales. El pozole es la continuación del nacionalismo por otros medios.
Porfirio Díaz adelantó la celebración a su cumpleaños para gritar fuerte a la patria, aunque -como dice Betún Valerio- a escondidas se afrancesaba las mejillas. Contradicción que no es contradicción: herencia viva, reciclada por el whitexican que entona Cielito lindo en los aeropuertos internacionales.
No todo es oprobio: anoche la presidenta Claudia Sheinbaum decretó el fin del tutelaje masculino hacia las mujeres quitándole el “de Domínguez” a Josefa Ortiz. Las mujeres criollas pueden gritar en paz. Pero del tutelaje primigenio -ese que infantilizó a los pueblos originarios y los puso a disposición de las élites criollas y mestizas- mejor no se habla. Doña Josefa Ortiz -porque le quitamos el apellido, pero no el distintivo de raza/clase heredado de la colonia con el “Doña”-, tenía un apellido ajeno. El grueso de la población que se levantó en armas y murió -mayoritariamente indios- sigue, hasta hoy, sin tener nombre propio.
La celebración también es cartografía de centros y periferias, distribución de presupuesto acorde a la pigmentocracia. Mientras a la presidenta la acompaña La Arrolladora y en Venustiano Carranza toca Caifanes, al oriente, en Tláhuac nos tocó soportar un karaoke que se llenó poco a poco de borrachos desafinando a Juan Gabriel hasta las dos de la mañana.
Por unas horas, México deja de ser fosa común, Estado etnocida, genocida, transfeminicida, feminicida. Deja de ser país de desapariciones forzadas, de persecución de migrantes, de brutalidad policial, de extractivismo. Por unas horas comienza a ser patria: tostada, cuete, micrófono abierto.
Nadie acepta que le cuestionen el patriotismo: está en la garganta, en el estómago, en la pólvora de los cuetes. Todos lo saben, nadie lo confiesa.

Fotografía Irayosoy S





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