La única puntualidad que conozco en esta ciudad monstruo es la puntualidad de la rememoración de las tragedias.

El 19 de septiembre ya no es un día; es el nombre que damos al trauma: la psicosis compartida de quienes vivimos al filo de los nervios.

Las personas especialistas en geofísica y sismología insisten: “no hay calendario para las placas tectónicas; los sismos son impredecibles, el movimiento es azaroso.” Nosotras asentimos, lo repetimos, intentamos asimilarlo. Pero en la carne la disonancia cognitiva hace palpitar el miedo.

No sé si en estas fechas me pone peor escuchar el himno nacional o la alerta sísmica. Ambas son tonadas que construyen ciudadanía: himno y alarma, orgullo y pánico.

La paranoia se institucionaliza: simulacro a mediodía, orden de evacuar, fila de funcionarios aplaudiendo la eficacia del rito. La pedagogía oficialista funciona instrumentalizando el miedo.

En la capital del escepticismo nadie duda de la alerta. Ahora suena con teléfonos intervenidos desde gobernación: apagados, encendidos, en la junta o en el baño. Nadie está a salvo de ese régimen de terror.

Si estando en mi velorio suena la alerta sísmica y no me paro del ataúd corriendo, gritando y empujando —no se hagan ilusiones, banda—: me les fui.

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