
La Ciudad de México no se mide en extensión, altitud, ni profundidad: se mide en prisas. Más que avenidas, semáforos y ejes viales, la única fe que existe es la del “ya voy llegando” que sustituye al acta de nacimiento. La pertenencia no la otorga la credencial del INE sino el paso apresurado en el andén, la respiración cortada en el transbordo, la convicción de que todo inicia diez minutos tarde y, por eso, hay que correr.
Quien no tiene prisa no es chilango; quien la simula, apenas aspirante. La fe metropolitana acepta todas las religiones siempre que confiesen el mismo credo: llegar. Llegar como sea, llegar, aunque no se sepa a dónde, llegar con la certeza moral de haber luchado contra el Periférico, la lluvia, la línea 3 y los pecados capitales restantes. El enemigo no es la pobreza del salario ni la abundancia de microplásticos en los pulmones; el enemigo es la pausa. Por eso las manifestaciones resultan intolerables: no porque griten, sino porque detienen; no por lo que piensan, sino por lo que estorban. Una marcha interrumpe la única liturgia compartida por todas las clases sociales: avanzar. Y así, la consigna más audible no viene del megáfono sino del claxon: ¡Permitan el libre flujo de la salvación!
La dieta de la prisa: torta de tamal “para ir comiendo”. Comida que no es ni para aquí ni para llevar, sino para engullir en el microbús o caminando sobre la avenida. Café en vaso de unicel, sorbido como tributo a la diosa Puntualidad.

La Ciudad de México está a dos horas de la Ciudad de México. Entre Pantitlán y Tacubaya se extravían la adolescencia, las tareas de matemáticas, el delineado del ojo derecho. Conocí a una pareja de universitarios que comenzó a andar en Copilco y en La Raza ya habían terminado. Los estudiantes hacen la tarea en el vagón, las mujeres se maquillan al tiempo que se sostienen de los tubos, los oficinistas actualizan el Excel en la pantalla del celular que no tiene señal. El tiempo libre se mide en estaciones.
Accidente en el Viaducto, carambola de microbuses, suicidio en el metro. No hay duelo, sólo fastidio: “cuarenta y cinco minutos en el embotellamiento”. La tragedia se calcula en retrasos. No se detiene ni para contar muertos. Continúa su servicio, reanuda el paso, cierra las puertas.
El que camina despacio en el tianguis, el que ocupa la derecha de la escalera eléctrica sin moverse, el que desayuna sentado como si tuviera patria. Rebeldes menores, enemigos del flujo, recordatorios de que el monstruo urbano también sabe odiar al que no acelera.
La ironía chilanga es que todo el mundo corre, todo el mundo se empuja, todo el mundo desayuna caminando, todo el mundo arriesga la vida en el microbús y, sin embargo, nadie llega temprano. La metrópoli es la capital mundial de la prisa y, al mismo tiempo, el mausoleo universal de la puntualidad. Los estudiantes corren al examen, pero llegan cuando ya cerraron la puerta. Los oficinistas se trepan al microbús como si al fondo estuviera la salvación, pero pierden el bono de puntualidad. Los conciertos empiezan tarde, los cambios políticos llegan tarde, los muertos llegan tarde al juicio final porque el cortejo fúnebre se quedó atorado en Insurgentes. Y, aun así, la prisa es ley, la prisa es dios, la prisa es la religión más practicada de la capital: todos la veneran, nadie cumple sus mandamientos.
No se ha estudiado lo suficiente, pero la evidencia es obstinada: La ciudad es la capital mundial de los sietemesinos. Aquí nadie espera las cuarenta semanas reglamentarias; todos quieren llegar antes, nacer antes, morir antes. La prisa empieza en el útero, queda certificada en el acta de nacimiento y se perfecciona en la primera fila del IMSS.
La Revista de Salud Sexual Chilanga de la Secretaría de Salud aún no lo confirma, pero la intuición estadística callejera parece incuestionable: la capital concentra la mayor población de eyaculadores precoces por metro cuadrado. El chilango corre también en el coito: se adelanta en el deseo como se adelanta en el semáforo, se consume antes de tiempo como se consume la torta de chorizo con huevo en medio del vagón.
Se dice que el rapidín se inventó aquí. No como erotismo, sino como eficiencia. El rapidín es la única práctica sexual homologada al ritmo de la metrópoli: siete minutos, un cigarro, un beso a medias y a correr. La prisa no perdona ni al placer.

El metro es el bajo mundo -literal- donde la prisa no sólo transporta cuerpos: vende milagros al compás del cierre de puertas. Lxs vendedorxs tienen una estación, máximo dos, para convencerte de adquirir lo que jamás pediste: linterna de tres intensidades (todas iguales), pomadas que curan el pie de atleta, la espalda y la desilusión amorosa, la USB que pretende hacer palpable el boicot a Spotify con los 3750 éxitos de Los Temerarios, La Arrolladora, Dani Flow y Metallica: edición limitada, grabados en vivo en Japón. La coreografía es perfecta: ¡seis pilas, diez pesos, seis pilas, diez pesos!, mientras el vagón se sacude. En dos minutos de Observatorio a Tacubaya, el vendedor ya convenció al vagón entero, ya cerró la venta, ya se deslizó al siguiente convoy. El transporte público es un teatro polifónico:
—“¡Gel antibacterial, cubrebocas, tarjeteros!”
Próxima estación: Tacubaya, correspondencia con la línea 9.
—“No soy un gran artista ni un gran cantante, pero les voy a pedir una moneda”
— “Ya valió, jefe, no voy a llegar.”
Favor de permitir el libre cierre de puertas.
—“Pomada Mariguanol, para la ciática, las rodillas y el mal de ojo”
— “Chingada madre, otra vez parado el metro.”
Estimado usuario: evite el comercio ambulante y cuide sus pertenencias.
Este monstruo urbano no tiene pasado, apenas finge tener futuro; lo único que posee en abundancia es presente, un presente eterno. La prisa no es costumbre, es religión, es economía, es biología, es sexo, es mercancía.
El monstruo respira en claxonazos, bosteza en semáforos, grita en el “ya voy llegando” y se alimenta de vidas en pausa. Todo se resume en una sola filosofía práctica, la más exacta ontología del chilango: el “orita”.
Fotos: @voydesveladA




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