En México lo vulgar no se hereda, se sospecha. Es la marca de origen: lxs indixs, lxs negrxs, lxs pobres, quienes comen con las manos y bailan moviendo el culo. Lo vulgar es la categoría moral que la blanquitud inventa para blindar sus buenas costumbres, para custodiar la respetabilidad que dicta la religión secularizada de las élites. ¿Qué es lo vulgar? Todo aquello que no cabe en el Manual de Carreño, todo lo que desborda la mesura ilustrada, todo lo que la clase media educada teme encontrar en el espejo.

En el siglo XVIII, lo vulgar se llamaba chuchumbé: danza pegada, ombligo con ombligo, ritmo afrocaribeño que desquiciaba al clero porque no cabía en la partitura europea y que terminó prohibiendo el Santo Oficio. En el XIX, lo vulgar se encarnaba en los léperos, los vagos, los pelados. Diagnósticos raciales disfrazados de orden público. En la lógica de la biotipología nacional, indio e india eran igual a vulgaridad, vulgaridad igual a inferioridad, inferioridad igual a desecho social. Y para confirmarlo, ahí estaban las pulquerías, el albur, el doble sentido y la vida sexual sin permiso. Todo lo que el Porfiriato mediante el higienismo exigía corregir en nombre de la virginidad, la monogamia y la familia católica.

El siglo XX perfecciona la fórmula: naco -aféresis de totonaco, como apuntaba Monsiváis-, sinónimo de indio, sinónimo de vulgar. A las trabajadoras sexuales se les considera principio etiológico de la degeneración; a los cabarets se les vigila como si fueran epidemias, a las ciudades perdidas se les acordona como cinturones de miseria. Y mientras tanto, la música “de los inferiores” (mambo, cumbia, guaracha, salsa y todo lo que se baile en un sonidero) sigue sonando en calles cerradas, vecindades y patios, confirmando que la vulgaridad no es defecto, es vitalidad.

Foto: Sahara / @eldesiertodesahara

Hoy, en la Ciudad de México, la vulgaridad también es kitsch, exceso, desborde. Es la michelada con camarones, chamoy, ajonjolí y miguelito que compite con el minimalismo escandinavo en Instagram. Es el azulito con gomitas, las motonetas del barrio con reggaetón  a todo volumen, las bellacas moviendo el culo en putivestido, los ñeros reinventando el léxico, lxs chacas elevando la estética con atuendos de peluche y oro de bisutería que entre luces neón brilla más que el de veinticuatro quilates. Es la estética que le duele al minimalismo blanco, esa religión secularizada del buen gusto que dicta que los colores deben ser sobrios y los platos discretos. Aquí, al contrario, los colores gritan, la comida se desborda, la música revienta los bajos de cualquier equipo de sonido casero hasta llegar a convertir un microbús en un antro móvil.

La vulgaridad, al final, es resistencia. No es falta de mundo, es otro mundo. Es imaginación política. La posibilidad de existir fuera de la moral impuesta por la blanquitud, de vivir en el exceso y en el doble sentido, en el tumbao y en el perreo, en el barroco callejero que hace de cualquier periferia de la Ciudad de México una fiesta, y -por eso mismo- un monumento al porvenir.

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