El despojo no se presenta de manera frontal, se maquilla. En este caso, el pretexto es la ciclovía, que funciona como dispositivo para ocultar la violencia urbana. Bajo el discurso de movilidad y cuidado ambiental, lo que se impone es una política de exclusión y desalojo. Este mecanismo responde a un proceso global que es llamado greenwashing.
El término greenwashing se usa para describir prácticas que buscan encubrir daños sociales o ambientales bajo la apariencia de sostenibilidad. En Tlalpan, la instalación de una ciclovía se convierte en la excusa perfecta para desplazar a trabajadoras sexuales y reconfigurar el espacio urbano para el consumo de las élites.
Sin embargo, esta estrategia no es nueva. El colonialismo y la moral occidental han perfeccionado históricamente el arte de ocultar el despojo.
Durante la Nakba y la posterior ocupación de Palestina, el proyecto colonial europeo de Israel aplicó un mecanismo similar: la destrucción de aldeas palestinas fue seguida por la siembra de bosques encima de ellas. El despojo se convirtió en paisaje “verde”, y la colonización se presentó como un supuesto proyecto ecológico.
La analogía no es casual: en ambos casos, el despojo material se oculta bajo una retórica de modernización y cuidado ambiental. La violencia queda borrada del paisaje urbano o rural, sustituida por símbolos de progreso y sostenibilidad.
Tlalpan, como muchos otros territorios urbanos, es escenario de estas políticas coloniales adaptadas al neoliberalismo. La ciclovía no es sólo infraestructura, es un dispositivo para reconfigurar el espacio, expulsar cuerpos no deseados y ofrecer un nuevo “rostro” blanco a la ciudad.
Nombrar estos procesos es urgente. Porque detrás del supuesto cuidado ambiental, lo que se despliega es una maquinaria de exclusión y despojo que tiene resonancias claras con otros escenarios coloniales.
Foto: Ariel Rodríguez




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