En los últimos meses -ante la impotencia de no poder frenar el genocidio en curso- hemos asistido a una peligrosa tendencia: la conversión de Palestina en una metáfora. Se habla de la “palestinización” de México, de la “palestinización” de la seguridad en los Estados Unidos, y de cualquier otro fenómeno que busca proyectar su violencia a través del espejo palestino. Palestina se convierte así en un símbolo maleable, en un recurso performativo para hablar de la resistencia, pero se olvida que no es un signo abstracto: es un pueblo vivo, herido, que resiste una máquina de exterminio.
Palestina no puede reducirse a metáfora. Palestina no es el símbolo de la resistencia: Palestina es la resistencia misma. Es la tierra ocupada, el pueblo bajo asedio colonial, las cárceles llenas, los cuerpos enterrados bajo los escombros de Gaza. Cuando la tratamos solo como metáfora perdemos de vista que la Nakba no es parte del pasado, que la limpieza étnica está sucediendo ahora mismo. Y al reducirla a un performance, borramos también la posibilidad de tejer una hermandad real con ese pueblo.

Foto: Alejandro Meléndez / Periodistas Unidos / FotorreporterosMx
Sí, existen condiciones históricas que nos hermanan con Palestina: padecemos a los mismos enemigos . El imperialismo y el sionismo operan en nuestros territorios con las mismas tecnologías de control, con los mismos softwares de espionaje, con las mismas armas y doctrinas de contrainsurgencia. Israel ha participado activamente en todos los procesos de genocidio de las últimas décadas. Ha armado dictaduras en América Latina, ha sostenido regímenes coloniales en África y Asia, y hoy exporta métodos de represión para vigilar migrantes en Europa a través de Frontex y en Estados Unidos a través de ICE.
Esa hermandad no puede ser solo discursiva. No basta con el gesto simbólico, ni con la denuncia superficial. Lo que necesitamos son procesos políticos, acciones directas, estrategias colectivas que apunten a detener el genocidio y a desmantelar la estructura del Estado de Israel. Convertir a Palestina en un simple recurso retórico es repetir la condena a su exterminio. Reconocer a Palestina como un pueblo vivo es comprometerse con su lucha, con su derecho a existir, y con la urgencia de actuar más allá de la metáfora.
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